5 comentarios

  1. En este mundo donde se nos etiqueta a la más mínima oportunidad, ser nombrados ‘frágiles’ nos debería hacer más fuertes, aunque sea un sinsentido la causa/efecto de las palabras. Ya no cumpliremos los veinte ni los treinta. Algunos ya ni los cuarenta y las rodillas, y otras cosas, nos lo recuerdan constantemente. Nos queríamos comer el mundo y cierto es que le hemos pegado unos cuantos bocados, pero también hemos escupido algunos por amargos y la fuerza postadolescente se transforma en una reposada calma y contar, como bien se dice en el texto, hasta tres millones. Ansiedad es el nombre de un bolero y el daño colateral de hacer las cosas con pasión, de sentir en el cogote esa cosa llamada responsabilidad que es un efecto secundario de aquello llamado ‘hacerse mayor’.

    Bendita maquinaria nuestro cuerpo que nos avisa que hay que parar de vez en cuando. Y no por eso ser menos. Brindemos por ello.

  2. Dos semanas por estress, con síndrome del ejecutivo agresivo (solo el síndrome, pues el sueldo no acompañaba…) Ansiedad, hipervetilación, insomnio, la cabeza funcionando sola día y noche… somatizando los efectos en todos y cada Mensaje no de los músculos, especialmente en el estómago y en la espalda que se irradiaba hasta el pecho. Moría a cada paso, en cada esquina me paraba. Entraba a los bares solo a pedir un café o un agua para no quedarme solo.
    Y además, un componente adrenoenergérico que mi cuerpo, generosamente, genera, como si el instinto de cazar un mamut aún estuviese en mi ADN. Y que fluía desde los pues hasta la cabeza como si estuviese dentro de un auto lavado de coches cuando comienza el proceso de secado.
    Y todo porque cogí una semana de vacaciones, después de mucho trabajo, y a pesar d haberlo dejado todo organizado, derivado y planeado para que se gestionarse en mi ausencia, a la vuelta, no solo no estaba hecho, sino que me lo devolvían como si fuese algo nuevo, pendiente de hacer, más otra infinidad de cosas, producto de la inoperancia de compañeros de trabajo…
    No me di cuenta de que sonó ese «click» en ese mismo instante. Hasta que caí, en lugar de decir BASTA.
    Ansiolíticos (yo también tomaba la mitad de lo que me dijo el médico) y en dos semanas pedí el alta. No quería estar sometido a eso.
    Mi médico, un tipo genial me dijo. Eres la baja por ansiedad y estress más barata que ha tenido. La Seguridad Social en este año. Tu empresa no se merece tu predisposición a salir adelante. Mereces estar más tiempo descansando. Nunca te lo agradecerán lo suficiente…

  3. Gemeliers en lo bueno y en lo malo. Tuve la mano derecha dormida casi una semana, rosácea en las mejillas (y yo, desesperada, me echaba 207 productos cada día), lloraba cada tarde… pero no me pasaba nada.

    O eso creía yo.

  4. Son las condiciones externas el problema, no nuestra fragilidad o nuestras neuras. La ansiedad, como la depresión tienen en muchos de los casos su causa en factores externos. Este sistema económico somete a la mayoría a unas condiciones que no son saludablemente llevaderas si uno o una no están entrenados para trabajar como máquinas que no sean más que zombis profesionales. Mientras tuve trabajo el estrés, los dolores de espalda tratados a lo bestia a base de relajantes musculares y analgésicos, las depresiones fin de semana, la imposibilidad para desconectar hasta en sueños de las responsabilidades profesionales eran una constante. Cuando la llamada crisis decidió que uno no era moneda de cambio del mercado laboral (porque eso somos, mercancía laboral), la desocupación precedió a la desesperación y luego a la llamada depresión. Yo no he sabido rehacerme, ser resiliente ni creativo. La médico de cabecera te ofrece medicación o ir a psiquiatría: más pastillas. Medicalizan los problemas que políticos y gurús de la nueva economía han creado. La precariedad y la desesperanza de no tener futuro no se cura con mindfulness, ni con psicología positiva, ni aprendiendo a respirar. Una persona que supera la cincuentena simplemente no encaja en los perfiles de las consultoras ni de las empresas de selección de personal, esas intermediarias que se aseguran de tener clientes contentos y trabajadores desesperados dispuestos a rebajar sus expectativas… pero ni con esas. Por mucho que diga Retina (https://retina.elpais.com/retina/2018/10/18/tendencias/1539861903_222436.html?Id_externo_rsoc=TW_CM_RT&Id_externo_rsoc=TW_CM_RT) la falta de horizontes, la desesperanza, no es una oportunidad. Despierto cada día con brazos y piernas dormidos, y no es un aviso de ansiedad, es una advertencia de desamparo, de abandono, de finitud. Me veo desde fuera a diario, cada vez más difuminado, despierto sin saber qué día es ni qué sentido tiene posar los pies en el suelo. Y ya no camino. En otro tiempo leer y escribir parecían un escape, una evasión, una posibilidad de darle sentido a «algo». Me intento ver desde fuera y desde dentro a través de las palabras y cada vez todo es más transparente, como sólo lo es la noche oscura. La pesadilla es cada día.
    ¿Si he pedido ayuda? No les voy a aburrir con el periplo de psicólogos que dejé por que no podía pagarlos, ni con el de psiquiatras recetadores de ansiolíticos y antidepresivos. La estafa llamada crisis, y la ausencia de proyecto vital, ¡manda huevos con más de cincuenta tacos escribir «proyecto vital»!, no se solucionan con Diazepán y Seroxat.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *