Como te lo cuento

No lo dejes pasar

Mis días de abril pasaron muy rápido. Igual demasiado como para prestar atención a nada más de lo que sucedía a mi alrededor. Incluso a mí misma. Llegó el domingo 28 y se lo llevó todo. Pero el lunes 29 los restos del temporal quedaron a la vista. Desnudos. Como cuando baja la marea y deja al descubierto todo lo que hasta ese momento nos habían ocultado las olas.

Recuerdo la mañana de ese día después. Frenética. Intensa. Pero también reconfortante, mientras me despredía en silencio de todo lo que me rodeaba en ese edificio, que iba a abandonar. Miré por el hueco de una cerradura y lo vi hablando por teléfono, apoyado en una mesa, aliviado, feliz. Saqué mi móvil y capturé el momento. Era la metáfora de lo que estaba por venir. Ver las cosas desde fuera, desde la tranquilidad de ser omnisciente. Y sonreí unos segundos.

Al rato, llegó el mediodía y sentada frente a una mesa, distendida, relajada, aliviada, con dos de las personas con las que más horas había pasado en los últimos años, me llevé la mano al pecho. De manera instintiva. Como si hubiera llegado el momento. Recuerdo el estímulo, el camino mi mano hacia mi lado izquierdo. Misteriosamente lo recuerdo todo. Y allí sentada, en un segundo, dejé de escuchar la conversación. Y el hilo musical. Y ralenticé durante unos segundos las imágenes que se discurrían a mi alrededor. Debieron ser instantes. Pero sentí miedo. Frente a mí, una de las dos personas se percató de mi cara. Me preguntó si había pasado algo. «Nada, me ha dado un pinchazo aquí», le dije señalando el lado izquierdo.

La realidad es que me acababa de encontrar un bulto. Era grande, con una forma rara, que se dejaba ver a simple vista. Algo que no estaba ahí antes. Al menos no lo estaba antes de ese mes. No lo estaba hace tres meses, cuando había pasado mi revisión a la que peregrino cada año en busca de una prórroga de mi vida. Y me fui a casa, a darle vueltas al asunto. Al día siguiente volví al trabajo. Era víspera de un puente. Ese día le pedí ayuda a una compañera. «Tócame aquí, que me ha salido un bulto y tiene una forma muy rara», le dije. Al minuto siguiente estabamos cerrando juntas una visita al médico gracias al favor de una amiga. Con cierta urgencia, porque la cabeza en estos casos va más rápida que las agendas.

El día 2 de mayo, jueves, acudí a la Unidad de Mama del hospital en el que soy paciente desde hace años. Me acompañó mi marido, al que había hecho tocarme el famoso bulto decenas de veces en las últimas horas. La sala de espera de esa cuarta planta es como una página en blanco para mí en la que se puede acabar escribiendo cualquier final para mi historia. Me enfrento siempre a la consulta con un miedo atroz. Como si fueran los últimos minutos de mi vida sin saber que el final tiene fecha definida. Como si no lo tuviéramos desde el mismo día en que abrimos los ojos.

Me llamaron a consulta y me atendió mi doctor. El mismo de siempre.Me exploró. Dio enseguida con el bulto y me dijo que a primera vista parecía un quiste. Había crecido muy rápido, estaba muy localizado y dolía. «Tiene toda la pinta de que es un quiste de agua, pero dados tus antecedentes, tenemos que mirarlo», me dijo. Y me desvió inmediatamente a radiología, para queme hicieran una ecografía. Hacía menos de tres meses que me había hecho la mamografía, pero el quiste había salido después. El radiólogo me exploró con delicadeza, pero fueron los cinco minutos más largos de mi vida. Enseguida supe que algo no iba bien. Lo sabemos por las películas, porque los médicos comienzan a dar vueltas sobre un mismo punto una y otra vez. Lo sabemos por las caras de los de alrededor. Y lo sabemos porque en un minuto el médico te dice; «Incorpórate, que quiero explicarte lo que pasa». El radiólogo me enseñó el quiste en pantalla. Pero a esas alturas yo ya no veía nada. Me explicó que las paredes eran definidas en casi todo el perímetro, pero que había una parte que le generaba dudas. «Puede ser sangre, suciedad…u otra cosa mala» le parecío escucharle, porque ella en ese momento ya estaba llorando y con varias enfermeras dándole aire en la cara. Entre toda esa bruma densa de sensaciones, escuché la palabra biopsia. Y el mundo se me vino encima. Sólo recuerdo llorar y preguntarle al médico si podía pasar mi marido a estar conmigo. «Te vamos a hacer ahora una biopsia. No puede entrar nadie por higiene, pero podemos avisarlo de lo que te vamos a hacer», me dijo. Y en ese momento, me sobrepuse. «No, dígale que el médico que me tiene que hacer la ecografía está almorzando y va a tardar un poco en volver. Y deme una pastilla para tranquilizarme, que no esperaba esto y no me la he traído tomada de casa».

En menos de cinco minutos habían puesto mi mundo patas arriba. Me habían anestesiado, me habían hecho una punción para extrarme células del quiste y me habían instalado un marcador de referencia dentro del bulto para no perderlo de vista en otra mamografía posterior. Cuando salí de la consulta me derrumbé. Él no entendía nada. Pero lo entendió todo. Nos fueron a casa y cortamos comunicación con el mundo exterior. Así pasé los siguientes cinco días. Con sus cinco noches. Recuerdo que cancelé el turno que tenía en la peluquería, porque, total, para qué iba a gastarme el dinero si los resultados me daban mal y me quedaba sin él. Hasta que el martes me mandaron el negativo de la biopsia. Y respiré. Y lloré mucho. Y volví a coger turno en la peluquería.

Los días fueron angustiosos y los vivimos en silencio. Incluso hasta hoy. Porque las cosas que se quedan en nada no hay que contarlas. Porque no hay que preocupar a los que nos quieren. De eso, han pasado ya nueve meses. El quiste me desapareció en semanas, la tranquilidad volvió en horas y me quedé con un marcador tumoral, una pequeña muesca de titanio, puesta en el pecho izquierdo de recuerdo y una cicatriz. («No me pitará en los aeropuertos», le pregunté al doctor ya con el resultado en la mano).

Lo mío quedó en un susto, pero quién sabe si lo tuyo podría no correr la misma suerte. Si no lo descubres a tiempo. Si no detectas que existe. Si no te revisas o te revisan con frecuencia. Si dejas pasar tu mes de abril, o tu febrero, sin prestar atención a lo que importa. Si no decides tomarte en serio que la prevención salva vidas. No todas, pero las suficientes para tomarla como la primera opción. Porque prevenir también es curar. Y porque te puede pasar a ti. O a quien se sienta a tu lado en el trabajo. Porque el miedo paraliza. Porque nadie quiere tener cáncer. Porque nadie quiere morir antes de tiempo. Porque todos queremos vivir. Hoy y todos los días, son el #Díamundialcontraelcáncer