Como te lo cuento

La fragilidad

Recuerdo perfectamente esa noche. Estaba en casa, sentada en el sofá. Había llegado tarde del trabajo, como no podía ser de otra manera trabajando en un periódico. Tenía los pies encima de la mesa y, de repente, ocurrió algo extraño. Miré mis pies, aún con unas zapatillas converse atadas, y los descubrí como algo externo a mi cuerpo. Subí la mirada en busca de alivio y , por el contrario, también vi mis piernas desde fuera, como si yo ya no estuviera dentro de mi cuerpo. Como si lo viera desde los ojos de otra persona. Me asusté tanto que, instintivamente, quise hacer un movimiento brusco que me hiciera volver a conectar con mi cuerpo. Funcionó. Era sólo el primero de los avisos que estaban por llegar.

La movida había llegado a mi vida unos años antes, pero nadie nos había presentado. Cansancio, estrés, flojera…El nombre variaba según el colega de turno. Lo típico de unas temporadas más convulsas, con apretadas agendas, o picos de trabajo, aderezados con algunas desgracias personales aquí y allá. El combinado perfecto para un cortocircuito de libro.

En otro capítulo, la misma movida se subió de copiloto a mi coche, en medio de la autovía, en un viaje de regreso a Valencia desde Cuenca. Al cruzar los pantanos, comencé a sentirme ajena al paisaje, a observar la carretera a una velocidad estúpidamente lenta para lo que marcaba el cuentakilómetros de mi coche. Como si viera el camino por un retrovisor. Recuerdo que paré en la primera gasolinera que encontré y me pedí un café solo por aquello de tratar de despejarme. Yo que no tomo café por costumbre porque me pone nerviosa…Volví a coger el coche a los pocos minutos y continué mi marcha con escaso éxito. Así que paré en la siguiente área de servicio y me tomé un red bull. Por si andaba corta de cafeína. Yo, que me agito con una triste coca cola. El combo fue total. Nervios, cafeína y kilómetros por delante. Para poder llegar a casa recuerdo que puse en marcha el manos libres del coche, llamé por teléfono y acabé el recorrido hablando de temas distendidos para tratar de desbloquearme.

En las siguientes semanas me seguí encontrando mal de manera intermitente. Empecé a buscar mis síntomas en google. Definitivamente, me estaba muriendo. Me pedí unas analíticas para descartar enfermedades mortales y pasé la mayor angustia de mi vida esperando los resultados en busca de cualquier cosa que nunca llegó. También me atacó un brote de rosácea en las mejillas. Yo, que tenía la piel más fina que las Mariquitas Pérez, tenía los coloretes como los de una muñeca chochona.

Como te dé una miaja de apechusque….

Pero el apechusque final aún esperó. Lo hizo una noche en casa. Entonces ya había perdido algunos kilos de más, de esos que se van con las temporadas de malcomer, de campañas electorales, mudanzas, o tanatorios. Esos que, de vez en cuando, nos abandonan a todos. Como conmigo lo hicieron las fuerzas. Esa noche estaba con Gorka en casa, habíamos llegado de trabajar, y estábamos viendo la tele. De repente se me paralizó parte del lado izquierdo de mi cuerpo. Recuerdo especialmente el cosquilleo en el brazo. Y ahí supe que algo no iba bien. El susto duró un suspiro. Pero fue suficiente para saber que el aviso iba en serio. Por segundos estuve segura de que me estaba dando un infarto. ¿No dicen que eso es lo que pasa cuando te va a dar uno? Yo estaba convencida. Pero nos tranquilizamos, me acosté y se me pasó.

Al día siguiente me pedí el día libre y me fui a Cuenca. Allí estaba mi médica de familia, a la que acudí sin hora, al grupo de las gripes y las anginas de urgencia. Dori, que así se llamaba mi médica, sólo tuvo que pronunciar las palabras mágicas. «¿Cómo estás, Marta?». Y ahí me derrumbé. Le expliqué sin poder parar de llorar que me estaba muriendo, que me pasaban cosas raras, que no podía seguir adelante con mi día a día, que estaba sobrepasada, pero que no me había pasado nada para sentirme así. Ella, que se sabía de memoria mi corto historial médico (anginas cada año y un proceso complicadísimo de ‘locura’ transitoria en los meses posteriores a la muerte de mi madre) supo reaccionar al segundo. Y ahí escuché su nombre por primera vez. «Marta, tienes ansiedad, no te estás muriendo. Es de manual». Me firmó una baja médica y me recetó algo de ayuda para poder descansar con tranquilidad. Ella decidió por mí lo que yo no había sido capaz de decidir: parar el ritmo.

Mi empresa entonces entendió perfectamente la situación y me derivó al médico de la mutua, que, para mi sorpresa, me recomendó aumentar los 15 días de baja que me había dado mi médica de cabecera. «Con menos de mes y medio no vamos a ninguna parte», me dijo el doctor de la empresa. «y después empezaremos con psicólogo para que te dé algunas técnicas para que si te vuelve a pasar, sepas qué hacer». Uy, un psicólogo. Maravilla. Pues póngamelo ya y no dejemos pasar el mes y medio, le dije. Y ahí empecé el tratamiento con Laura, combinado con unos relajantes a los que les quitaba media dosis porque lo mío NO ERA PARA TANTO.

En pocas semanas, aunque después de llorar mucho, me sentí muchísimo mejor y descubrí que no estaba sola en este asunto de la ansiedad, lo que pasa es que la gente se lo calla. Laura me dio explicación razonable hasta al último de los síntomas que había tenido. Y respiré tranquila. Si se me paralizó el lado izquierdo no es porque tuviera un infarto, sino porque el cuerpo te avisa con todo lo que tiene y si algo falla en el lado izquierdo, lo tomamos en serio porque pensamos, exactamente, eso, que nos está dando un infarto. Y a eso sí que le tenemos mucho miedo. Me descubrió también que no tenía ninguna leucemia como me diagnosticaba google y que, milagrosamente, no me había curado ese tipo de cáncer con paracetamol e ibuprofeno. Y tampoco había tenido alucinaciones en el coche, sino que, además de ansiedad, necesitaba gafas. :) Me recuperé con normalidad. Volví a mi rutina. Y aprendí a contar hasta tres…millones. Agudicé mi fortaleza mental y seguí adelante con mi carrera. De hecho, mejoré mi rendimiento porque conocí mis límites.

Pero algo en mi cabeza había hecho click. Asumí que no era infinita. Que las gotas sí colman los vasos. Que no puedo con todo y que, nuestro cuerpo y, sobre todo, nuestra mente, nos mandan avisos que no sabemos (o no queremos) escuchar. Y a eso, precisamente, me enseñó la terapia. A saber detectar esos avisos. A respirar hondo y a saber tranquilizarme. A entender que la química es una bendición y que por partir una pastilla en dos no eres más fuerte, sino que tardas el doble en recuperarte. (No tiene efecto, Marta, me decía la médico, es menos que una dosis pediátrica y tienes 30 años.) Una pastillita que, por cierto, de vez en cuando aún me tomo (últimamente están cayendo algunas). Y aprendí a contarlo. Y a reconocerlo. Y a superarlo. Pero también a dejar de flagelarme por no llegar a todo. Por tener derecho a fallar, a equivocarme.

Entonces, entendí que no era perfecta. Que no podía con todo. Que de vez en cuando, reventamos. Que me daba vergüenza reconocerlo. Que nuestro cuerpo es maravilloso. Que nadie es imprescindible. Que había petado. Que le pasaba a media humanidad y que muchos se lo callaban. Que te puede pasar aunque seas fuerte, inteligente y organizado. Que si no te pasa, no eres mejor, sino que no te ha pasado.

Pero pese a todo eso, también entendí que no era una blanda. Ni una floja. Ni una mediocre. Aprendí que hay una compañera que se llama ansiedad que de vez en cuando da la cara. Y aprendí a que de vez en cuando, hay que decir basta y pedir ayuda.

¿Y tú, alguna vez has pedido ayuda? ¿Alguna vez te ha dado un apechusque?

25 marzo, 2019