Los 100 de mi abuelo Federico


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Hoy era el gran día. Lo habíamos planeado desde que yo era pequeña. 18 de julio de 2018. 100 años, 100 velas y 100 euros. En ese orden. Mi abuelo Federico estaba destinado a salir en las noticias como un gran señor mayor, probablemente descamisado, con gorra  y con un palo de andar en la mano. La tele lo estaría esperando en algún camino por los que solía ir a recorrerse sus 13 o 14 kilómetros diarios. O en la puerta de casa, saludando a algún vecino. O quizá a la hora del aperitivo, en su mesa del Bar Canela, junto a su amigo Vicente, haciéndose un chato de vino o dos. Igual ese día, un crianza, por aquello de la edad. Este 18 de julio iba a pasar a ser uno de esos abuelos que se había pasado el juego de la vida.

Lástima que la muerte se nos cruzó en el camino seis años antes.

Ni años, ni velas ni cheque. Porque mi abuelo Federico siempre pensó que si le dabas la vuelta al siglo, el gobierno de Castilla-La Mancha te daba una paga por viejo. Una especie de pensión por veterano. Él, un señor conservador en lo económico, se lo había marcado como meta. En nuestros planes siempre apareció el cheque con el que nos iba a invitar a algo. Probablemente a un vino bueno para mezclar con Coca-Cola (“si el vino es bueno, el calimocho está mejor”, solía contestarnos cuando le decíamos que no destrozara la bebida).

Con toda seguridad, les habría regalado unos caramelos de naranja o limón de los que llevaba en los bolsillos a los periodistas que hubieran venido a casa. Y les habría dicho que su Martita querida también era uno de ellos. Él siempre pensó que ser periodista era algo muy digno, muy prestigioso. Qué cosas.

 

Hoy mi abuelo hubiera cumplido 100 años. Yo me hubiera cogido el día libre. Qué digo el día. La semana, el mes…Habríamos ido a tomarnos los chatos a su mesa del bar. O igual con eso de que era un día especial, habríamos bajado al Pelusa (otro bar) a comernos unos boquerones en vinagre. Habríamos pasado por la Bodeguilla de Ángel (no sé si sigue abierta) y habríamos comprado el periódico en el kiosko. Habríamos comido todos juntos en casa, hijos, nietos y bisnietos. Le habría dado jamón a Rita por debajo de la mesa y se habría hecho un calimocho (calimoche -sic- prefería llamarlo él) con un vino bueno que habríamos comprado con el cheque. Por la tarde, seguro que habríamos hecho una merienda en el local con pepinos y tomates de los huertos de mis tíos. Y media Cuenca habría pasado por su cumpleaños para decirle lo joven que estaba y lo bien que se conservaba. Habría repartido caramelos. Eso es así.

Pero como esa escena que tanto habíamos planeado en cada viaje en coche al colegio ha perdido a su actor principal, los que seguimos en el reparto, tenemos la obligación de hacer posible ese centenario. Así que me voy corriendo a un kiosko a comprar caramelos de naranja y limón y a gastarme los duros en una buena botella de vino tinto. Si la cosa se pone chunga, igual lo acabo mezclando con Coca-Cola. Pero no me pierdo este plan por nada del mundo. Él fijo que estará haciendo lo mismo en algún bar con colegas.