Lo recuerdo


Estaba segura de que no sucedería. A mi madre, no. Mi razonamiento lógico superaba la voracidad de cualquier enfermedad. De todo deterioro físico. Mi madre no se podía morir. Pero tal día como hoy, hace 16 años, la realidad me puso en mi sitio. Las cosas no siempre son como uno quiere. El cáncer no siempre se cura. La vida no siempre es maravillosa.

No recuerdo mi primer día de colegio. Tampoco mi primera vez en la playa, o aquel fantástico regalo de Navidad. Pero recuerdo con nitidez algunos días completos de ese maldito 1998. Recuerdo el 22 de enero, el día que mi madre cumplía 40 años. Recuerdo cuando llegué del instituto pasadas las cinco y media de la tarde. Recuerdo la emoción de darle el regalo, ese año unos guantes y una bufanda que había comprado con la ayuda cómplice (y con su dinero, claro), de mis abuelos, con quienes mi madre y yo vivíamos. Y recuerdo que mi madre me dijo que lo abriría después de contarme algo. También me acuerdo de que me enfadé un poco porque no había nada más importante que abrir mi regalo. Recuerdo que me sentó en el sofá del salón, donde nunca nos sentábamos porque para eso teníamos el cuarto de estar. Recuerdo que me dijo que no me asustara. Pero también me acuerdo de cuando escuché la palabra cáncer. Tenía quince años. “Me van a operar mañana y en unos días, si todo va bien, estaré en casa, me pondrán un tratamiento y no habrá pasado nada”. Pero yo la última parte de la frase no la escuché. Recuerdo que lloré desconsoladamente durante horas. Recuerdo que mi madre me consoló. También recuerdo que yo no la consolé a ella.

Al día siguiente la operaron. Recuerdo que fui al hospital. Me acuerdo de que estaba dolorida. También recuerdo que la cosa no había ido lo bien que iba a ir. Y recuerdo que le quitaron un pecho. A los pocos días volvió a casa. Y otros pocos después volvió a pasar por quirófano para que le quitaran el otro. Recuerdo que algo no iba demasiado bien. Me acuerdo del día en que mi madre se armó de valor y fue a la peluquería. Mejor cortar que dejar caer. Recuerdo la primera vez que la vi sin pelo. Recuerdo que tenía siempre frío. Recuerdo que siempre habíamos dormido juntas en una habitación de dos camas. Y recuerdo que en esa época dejamos de hacerlo para que no me despertara entre vómito y vómito de la quimioterapia. Me acuerdo también de un día que fuimos a Madrid y elegimos una peluca. Me acuerdo de la tienda. De la calle. De la dependienta. De lo que costó. Y de la peluca. Me fascinaba. Recuerdo que las cosas seguían sin ir bien. Y recuerdo verano. Recuerdo que aprobé todo y saqué buenas notas. Recuerdo que estudiaba cuarto de la ESO. Recuerdo un día en que la hija de puta de la madre de una compañera de clase llamó a casa para decirle a mi madre que su hija llegó a casa contando que yo le había dicho cualquier tontería. Y recuerdo que mi madre había tenido ciclo ese día y le pidió educadamente que no la molestara con tonterías. También recuerdo que me prometí que nunca la perdonaría. Y todavía hoy me acuerdo de que aún no lo he hecho.

Después llegó el mes de julio y recuerdo que mi madre me envió de vacaciones con su amiga Concha, su marido Ángel y sus hijos, Claudia y Pablo. Recuerdo que me dejó un sobre con dinero y una nota que decía

“Marta, te dejo dinero para las vacaciones. Dosifícalo y si necesitas algo pídeselo a la abuela. Antes de que te des cuenta estoy aquí discutiendo contigo, “como siempre”, pero queriéndote más que a nadie. Un beso. Mami”.

Recuerdo que ella también se iba de viaje. Yo a Marina D’Or. Ella al hospital Gregorio Marañón de Madrid. Yo me bañé desconcertada en las playas de Oropesa. Ella se jugó su última baza a un autotransplante de médula. Recuerdo que volví de vacaciones. Y que fui un día a visitarla a Madrid. Recuerdo que estaba incomunicada. Y que nos vimos por un cristal y hablamos por un telefonillo. Me acuerdo de que me llevaron al Corte Inglés. Y recuerdo que compré unas vaselinas de cereza y sandía. Recuerdo que era mi cumpleaños y que mi madre que dijo que me comprara algo bonito. Recuerdo que me dijo que se iba a curar.

Me acuerdo del día que salió del aislamiento. Y de que no volvió a casa. Recuerdo que nos fuimos a vivir con ella a Madrid unos meses. Y de que debajo del piso que alquilamos había una pastelería. Me acuerdo de unos caramelos blandos con sabor a frutas. Y de ir una tarde a la Puerta del Sol en metro. Recuerdo que tenía un casette de Malú. Y de que escuchaba una canción que se llamaba ‘Como una flor’. Y recuerdo que hice un curso de ballet en una academia. Recuerdo que íbamos por las mañanas a radioterapia. Y recuerdo que un día ya no fuimos más. Me acuerdo que volvimos a Cuenca. Recuerdo que hacía frío. recuerdo la palabra metástasis. Me acuerdo de que mis tíos reunieron dinero. Recuerdo que mis primos pidieron vacaciones. Recuerdo que mi chacha dormía con ella. Recuerdo que yo no entendía nada. Me acuerdo de que un día todos se fueron a Pamplona. Recuerdo que al poco tiempo volvieron. También me acuerdo de que era Navidad. Y de que mi madre no quería comer. Recuerdo la comida del día de Nochebuena. Me acuerdo de que mi abuela hizo puré de patata y zanahoria. Recuerdo que yo le di de comer a mi madre. Y de que ella me decía que ya no más. Me acuerdo de esas noches. Tengo grabado el sonido del dolor de las últimas noches. Recuerdo el 30 de diciembre. Ese día mi madre desayunó en la cama. Recuerdo que mi tía Celia estaba en casa y le llevó un café con leche en un vaso. También me acuerdo de que a mi madre se le cayó. Aún me acuerdo de cómo lloró por eso. Y de cómo mi tía Celia me sacó de casa para ir a comprar a una tienda de congelados. Me acuerdo de cuando me preguntó qué quería cenar la noche del día siguiente. Recuerdo que compramos calamares. Y llegamos a casa a mediodía. Y recuerdo que mi madre estaba tumbada en el sofá. Me acuerdo de que le pregunté que si había ido al baño. Recuerdo que me dijo que sí. Después la recuerdo en la cama. Y me acuerdo de que en ese momento estaba la familia en casa. Y recuerdo que en la tele salía Paula Vázquez con un programa del Euromillón. Me acuerdo de que todavía se compraba en pesetas. Y de que mis tíos llamaron al médico. Y de que a media tarde el médico vino a casa. Recuerdo que dijo que mi madre estaba nerviosa. También me acuerdo de que fui a nuestra habitación y le di la mano. Recuerdo que mi abuelo lloró.  Y recuerdo que ya no la vi más. Me acuerdo de que ese año no comí uvas. Y de que vi las Campanadas en la cama con mi chacha. Y entonces supe que, a veces, las cosas no son justas. Y que el cáncer, a veces, no se cura. Recuerdo que un día, en enero, llamaron de la Clínica de Pamplona para preguntar por ella. Y entonces me acuerdo de por qué no soporto la Navidad.

Recuerdo que nunca tuvimos cámara de vídeo. Y ahora me acuerdo de que no recuerdo su voz. Desde este año he pasado más tiempo sin ella que con ella, pero la recuerdo todos los días. Mi madre se llamaba Mariví y fue una gran madre.