Morir de cáncer y no perder la batalla


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Una de cada dos personas que nazca hoy en España padecerá cáncer en algún momento de su vida, sin embargo, a pesar de lo común de la dolencia cada vez que alguien muere por esta causa los medios preferimos echar mano de argumentario y enmascarar la palabra maldita detrás de una socorrida “larga enfermedad”. Por no hablar de la miserable expresión con la que condenamos a la cobardía más absoluta a los enfermos que “perdieron la batalla contra la enfermedad” o simplemente, “no lograron vencerla”. Permitidme que me tome la licencia de hablar desde la tristeza, e incluso el desprecio que todos los que alguna vez habéis usado estas expresiones me producís. Y que lo haga en mi nombre y seguro que en el de todos aquellos que algún día perdimos a un ser querido por un cáncer. Yo siempre he preferido normalizar la enfermedad, llamar a las cosas por su nombre. Con tantas personas que lo sufren, han sufrido y sufrirán, está más que justificado llamar a la enfermedad por su nombre: cáncer. Y qué mejor día que hoy, dedicado a la lucha contra el cáncer.

Mi madre murió de cáncer de mama en 1998. Y lo hizo sabiendo que se moría. Ese año había cumplido 40 años y se enteró de la noticia el día de su cumpleaños. Esa tarde, cuando llegué del colegio me lo contó sin dramatismos, con la importancia justa con la que una adolescente de 14 años podía dar a la situación. Recuerdo que lloré mucho ese día. Y los días siguientes. De hecho, a veces aún lo hago. El cáncer llegó a mi casa demasiado pronto, justo cuando los avances que hoy lo han convertido en una enfermedad superable comenzaban a despuntar. Viví los once meses en que mi madre enlazó un tratamiento con otro creyendo en la medicina como ahora lo sigo haciendo. Se operó dos veces en el Hospital Virgen de la Luz de Cuenca cuando todavía era un hospital público decente (en el que ella, por cierto, trabajaba), estrenó los autotransplantes de médula ósea en un centro madrileño de referencia, también público.  Se encomendó a  la sanidad privada de la Clínica Universitaria de Pamplona cuando las esperanzas flaqueaban, e intentó con entereza escribir otro final a su historia.

A veces, el cáncer mata. Incluso aunque el que lo sufre no quiera. Pero no vence a las personas, ni simboliza batalla alguna. Mi madre no perdió contra nada, ni fue incapaz de superar su situación. Simplemente tuvo cáncer y no se curó. Porque a veces, esas cosas pasan.

Durante años le di vueltas a lo que yo creía una injusticia, emprendí una batalla contra mí misma y acabé rendida a la evidencia: la vida es una lotería. Y lo entendí casi a golpes con ella, pero sobre todo tras encontrar unas notas que mi madre dejó escritas durante su enfermedad que me permitieron comprender a la primera leída que ella no quería morir, como no lo quiere ningún enfermo. Y que no fue víctima de ninguna larga enfermedad, sino que tuvo un cáncer que la habría hecho morir incluso con los avances de hoy en día.

 

Estos son algunos extractos de lo que ella escribió.

“Cuánto tiempo podré vivir? Sólo piensas en que alguien te lo diga. Pero, no. Nunca obtienes la respuesta. Después de la intervención me hicieron que creara nuevas esperanzas, pero, no, Mariví, no te engañes. A menudo el ojo humano es el que más se equivoca. Por momentos pienso que la suerte no me acompaña y por eso he decidido confiar en el trabajo de los profesionales y en el amor que estoy recibiendo estos días. A veces de gente que es una sorpresa. Siempre de quien ya sabes. A cada momento la angustia me encoge el estómago. Fue bueno hablar con la oncóloga porque me tranquilizó. Sobre todo cuando me dijo: Mariví, si yo estuviera a ese lado de la mesa estaría como tú, pero pensaría que hay opciones y las tienes que coger. También que dijo que no dramatizase y me comparó con diabéticos e infartados. Esos con los que convivimos y que creemos que nos les pasa nada.

Me han dado el primer ciclo de quimio. Parece como si no fuese nada, pero eso es al principio. Después estoy un poco pachucha pero, eso es vida, y la vida no se regala, así que siento la vida. (…) Sólo tengo ganas de que esto pase y poder ayudar yo a gente como están haciendo todos conmigo. Esta etapa de mi vida va a ser muy dura, pero la gente te quiere y ese amor transforma la energía positiva. He dejado de escribir porque no tenía ganas de nada. Hasta que me me he vuelto a decidir. Me han reintervenido por segunda vez y durante días he pensado que me moría ya. Pero vuelvo a contar con los de siempre. Sobre todo con lo que me cuenta mi hija. Es maravillosa. La primera que me anima y yo quiero vivir para verla, para quererla, para cuidarla. En unas palabras: para ser su madre”.


Después de leerlo, ¿volveríais a pensar que un enfermo de cáncer perdió la batalla?